La espera

Llovía mucho. Llegué empapado al puerto después de caminar desde la estación de autobuses. Cuando pisé el muelle me percaté de que no había llegado el ferri. Tampoco se intuía en el horizonte la figura del buque, enfilando la bocana. El agua ahora caía con menor intensidad sobre mi cuerpo, pero ya daba igual. El frío se había instalado en mi, igual que el desazón. Ella tenía que haber desembarcado en Dénia a las ocho.

En la oficina de la naviera me aseguraron que el barco había zarpado desde Mallorca a Ibiza y que estaba de camino hacia la península pero con un serio retraso.

Me resigné y decidí cobijarme en un bar cercano. Entré y un joven me sonrió desde el otro lado de la barra para después decirme.

-¿Vaya noche nos espera eh?

Devolví la sonrisa con una mueca que quería ser alegre. Me senté en un taburete y pedí un vino. 

-¿Quiere algo para picar?

No, gracias. Respondí escuetamente.

Creo que el camarero vio el desasosiego en mi cara y en pocos minutos se acercó y me explicó.

-Aquí tiene su vino y para acompañarlo la casa le regala este «caldo afrodisíaco» que seguro que le entonará más que la copa de Enrique Mendoza que le he servido.

En ese momento, por fin, la sonrisa se dibujó en mi cara tras el gesto amable de aquel joven. Empecé a beber aquel caldo y al bañar mi boca logró tranquilizarme, con un sabor a marisco y pescado. Denso y suave, caliente y gustoso. Me olvidé de ella por unos minutos.

Tras una hora llegaron nuevos clientes al restaurante y vi pasar por delante de mi navajas, clóchinas, verduras, gambas y pulpo. La boca se me hacía agua mientras iba y venía a la ventana del local hasta que por fin vi el barco entrar en el puerto. Pagué los vinos que me tomé y corrí hasta situarme sobre el muelle de «el Martell».

Bajó ella por la pasarela. Enseguida esbozó una faz alegre al verme allá abajo, moviendo los brazos.

Nos abrazamos y besamos con todas nuestras fuerzas. Y tras la pasión del encuentro me comentó.

-Es tarde, estoy muerta de hambre. ¿Comemos algo?

La besé otra vez y le respondí: 

Ven que conozco un restaurante donde hacen unas tapas de morirse y te dan a probar un «caldo afrodisíaco».

Se ruborizó y soltó una carcajada pícara.

Entramos en El Marino. La espera había valido la pena.

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